lunes, 27 de junio de 2016

Lluvia.


La lluvia caía suavemente, empapándolo todo. La ciudad estaba teñida de un gris triste, y su ánimo era el de un domingo de tarde. Miró la hora en su reloj de bolsillo. Ya era tarde, no tenía sentido seguir esperando. Su paraguas evitaba que se mojara, aunque las gotas que golpeaban contra el piso ya habían salpicado contra sus piernas dejándolas completamente húmedas. Hizo un amago de dar media vuelta e irse, pero algo seguía reteniéndolo en esa esquina. Cerró los ojos un instante y se concentró en el golpeteo de la lluvia en el suelo. Su respiración sonaba acompasada, como marcando el pulso de una melodía que daba vueltas en su cabeza. A lo lejos le pareció escuchar unos pasos. Abrió los ojos esperando encontrarla, pero solo era un hombre llegando a su casa. No había nadie más en toda la cuadra. Volvió a mirar la hora. Solo habían pasado dos minutos más, pero a él le había parecido una eternidad. Volvió a posar la vista en el punto en el que se suponía que ella debía aparecer, pero nada. Dos meses es mucho tiempo, se dijo; no va a venir. Pero no se resignaba a abandonar la esquina. Una vez más cerró los ojos intentando recordar su rostro. A su recuerdo vino su sonrisa tal como la vio la primera vez, del otro lado de la pista de baile, charlando con una amiga. No supo durante cuanto tiempo la estuvo mirando, pero en un momento ella giró la cabeza en su dirección y sus miradas se encontraron. No pudo evitar que una sonrisa aflorara en sus labios ahora, parado bajo la lluvia. Eso lo retenía allí. Esa sonrisa única. Y sus ojos. Sus ojos que llenaban todo de paz, y le decían que todo iba a estar bien. Después de ese día, de aquel baile, ella se iba de la ciudad, pero le dijo que volvía. Dos meses es mucho tiempo le dijo él. Ella le aseguró que no, que se encontrarían. Que lo presentía. Un ruido lo sacó de su ensimismamiento. Giró la cabeza esperando verla, pero solo era una carreta traqueteando sobre los adoquines. Cuando pasó junto a él, pisó un charco que lo mojó por completo. Ya estaba, ese era su pie para retirarse. No iba a venir. Hizo un último y desesperado intento por verla llegar, pero la cuadra seguía igual de vacía que durante la última hora. Dio media vuelta, pero casi se choca de frente con alguien. Al levantar la vista, no cabía en sí de la alegría. Era ella, empapada de pies a cabeza, sonriéndole. “Pensé que no ibas a venir”, le dijo. “Te dije que nos íbamos a encontrar” Y se besaron.

martes, 12 de abril de 2016

Vida


(primero fue el dibujo)

Dentro mío hay vida. O por lo menos desde hace un tiempo. Basta con verte para que todo en mi se revolucione. Con solo un atisbo de tu sonrisa conseguís que en mi interior absolutamente todo entre en movimiento. La felicidad absoluta de sentir que no hace falta nada más, que un abrazo tuyo es el mundo. Que tenerte cerca es lo único que necesito.

Cuando estamos lejos todo parece más gris, los días se apelotonan como un manojo de horas que pasan sin ningún propósito. Y aunque nunca está bueno acostumbrarse a la lejanía, descubrí que ya no me afecta. No es que no te eche de menos, eso está garantizado. Pero existe una certeza absoluta en mi, de que estamos conectados más allá de todos los kilómetros que pueda haber entre nosotros.

Y cuando estamos juntos, dentro de mi vuelve a haber vida, y todo está en movimiento. Y no hace falta nada más.

sábado, 16 de enero de 2016

Calesita



(primero fue el texto) 

Trescientos sesenta y cinco días. Perdón, trescientos sesenta y seis. Un año entero, nuevito, perfecto, impoluto. Listo para ser vivido. Aunque en realidad no haya cambiado mucho de hace una semana, o dos, o cinco, o cincuenta. Pero nos sirve volver a foja cero, frenar la cabeza, analizar lo vivido y ver lo que vendrá, prometiéndonos no volver a cometer los errores del año anterior y apostar por todas esas cosas que dejamos pendientes.

En definitiva, el año termina siendo como una calesita. Da una vuelta de trescientos sesenta grados y vuelve siempre al mismo lugar, donde un señor nos acerca una sortija para ver si esta vuelta podemos sacársela de las manos. Nos desafía a conseguir eso que la vuelta anterior no pudimos, por falta de esfuerzo, por condiciones desfavorables, por lo que sea. Suena sencillo, pero no lo es tanto. ¿Por qué?. Porque en una calesita uno siempre sabe en qué lugar va a estar la sortija, y por más que no alcance a robarla, la próxima vuelta va a seguir estando en el mismo lugar. Pero el nuevo año no es tan generoso. Cada vuelta que da, cada primero de enero que llega, nos pone en un mismo lugar pero no nos indica en qué lugar va a estar la sortija.

Es cuestión de atención: hay que mantener la concentración y vivir cada día listo para aprovechar cada oportunidad. O listo para crear una. De eso se trata cada año. Bah, la vida. Eso de contar los días es más un tema de forma que de fondo. Nada cambia mágicamente por pasar del treinta y uno al primero, ni por cambiar el último dígito de un número de cuatro cifras (por lo menos por siete mil novecientos ochenta y cuatro años más).

Al final, volvemos a estar subidos al caballo, que sube y baja, aproximándonos a la sortija. Habrá que ver si esta vez sí la conseguimos. O, mejor aún, si la creamos, y la apretamos fuertemente hasta la próxima vuelta.