(primero fue el texto)
Abrió los ojos. Parecía que el tiempo se había detenido ante
ella. Pensó que habían pasado horas desde que el cansancio la había vencido por
fin, pero a juzgar por la luz que entraba en su dormitorio no podían haber
pasado más de unos minutos. Se detuvo un instante en intentar recordar lo que
había soñado. Soñó que flotaba en el agua. No, no era agua. Era la única
certeza que tenía de todo lo que había sucedido en el sueño. Recordó ver una
sombra que se movía a su alrededor, pero que pese a su naturaleza oscura no la
asustaba; más bien le daba una sensación de paz.
Se levantó de la cama y se dirigió a la cocina. Puso la pava
al fuego con la intención de preparar el mate. El reflejo del fuego en el metal
de la pava le trajo a la memoria nuevamente la sombra. Se esforzó en recodar,
pero solo le venía a la memoria la sensación. Era casi felicidad, pero no. Paz,
estaba segura. La sombra definitivamente traía paz. Y con un gran esfuerzo
logro rememorar el momento del sueño en el que la sombra la envolvió, para
terminar convirtiéndose en un resplandor. De hecho, eso fue lo que la despertó.
El silbido de la pava la sacó de su ensimismamiento. Ya no
iba a poder hacer el mate, así que se decidió por un té. Tomo uno de los
frascos de la alacena, colocó las hebras en el hervidor, lo puso en la taza y
vertió el agua. El vapor se elevó por la cocina. Esperó unos minutos a que el
té alcanzara el punto justo, bien oscuro como a ella le gustaba, y se dirigió
nuevamente a la habitación con la taza entre sus manos. Podía sentir el calor
en sus dedos.
Se sentó con las piernas cruzadas y la espalda contra la
pared. Hacía meses que se decía que iba a hacer un respaldo para su cama, pero
siempre encontraba algo que le quitaba el tiempo. En las últimas semanas había
sido el cuento. Lo había comenzado en un arrebato de inspiración y había
completado varias páginas de un tirón, pero desde ese momento se había
bloqueado por completo. Bebió un sorbo del té, pero se quemó, así que decidió
esperar un poco más para beberlo; de todas maneras, el solo hecho de sostenerlo
en su mano la mantenía conectada con sus pensamientos.
Intentó seguir dándole vueltas al cuento. El punto de
partida para comenzar a escribirlo había sido su sueño, que ya venía siendo
recurrente desde hacía algún tiempo. Ahora que se detenía a pensarlo, era como
si siempre hubiese sido parte de ella, pero solo en las últimas semanas hubiese
salido a flote. A flote, justamente. Eso es todo lo que hacía: flotar. Flotaba
con los brazos abiertos, y todos sus movimientos eran en cámara lenta, como si
el fluido que la envolvía fuera denso. Lo más extraño era la sombra: se movía
como si volara, como si el líquido que la contenía no estuviera ahí. No tenía
forma humana; más bien, no tenía forma alguna. Solo era una sombra.
La luz entraba a través de las rendijas de su persiana,
iluminando caprichosamente solo un pedazo de la habitación. No tenía su reloj,
pero debía ser temprano aún, ya que el sol sólo daba contra su ventana cuando
apenas asomaba su cara por el horizonte. Era lo único bueno del departamento,
despertarse con el sol todas las mañanas. Bueno, despertarse es un decir,
porque hacía varias noches que no lograba conciliar el sueño, salvo para soñar
brevemente.
Bebió lentamente el té, para no volver a quemarse. Tomó
varios sorbos y lo dejó sobre su mesita de luz, junto a su velador. Echó un
vistazo al desorden reinante en su pieza, y se prometió que lo primero que
haría cuando terminara el cuento sería limpiar a fondo su departamento. Si bien
no era muy grande, siempre le costó mantener el orden y la limpieza, y desde
que vivía sola eso se había convertido en una carga aún mayor. Se levantó y,
tomando su taza, se dirigió al tercer ambiente de su casa, el living-comedor. Se
sentó frente a su notebook que estaba apoyada en la mesa, que por ser el único
mueble en la habitación hacía las veces tanto de escritorio como de lugar para
comer. Abrió una vez más el archivo donde tenía guardado el cuento; no
necesitaba releerlo, ya se lo sabía de memoria. Lo único que había hecho cada
vez que se sentaba a escribir desde que comenzó su bloqueo era leerlo una y
otra vez, buscando entre las frases algo que le diera una pista de como
terminarlo.
Y es que ese era el problema mayor: el cuento estaba escrito
casi en su totalidad, pero el final aún se negaba a salir de su cabeza,
deslizarse por el teclado y darle un cierre. Cerró los ojos una vez más,
buscando que las imágenes volvieran a ella, pero era inútil. Ya había intentado
todos los trucos que conocía para romper el bloqueo, pero nada había
funcionado. Ni la meditación, ni la música, ni siquiera la marihuana. De hecho,
las únicas líneas que había conseguido escribir luego de haber fumado eran
incoherencias y chistes groseros. Quizás a otros les funcionara, pero a ella no.
Varias veces había intentado simplemente borrarlo y
olvidarse, pero algo dentro de ella no la dejaba hacerlo. Era imperioso que lo
terminara, aunque no estaba muy segura de por qué. Y para peor, el “deadline”
estaba cada vez más cerca. Tenía los otros 9 cuentos ya escritos, solo le
faltaba uno más. Pero cada vez que intentaba abrir nuevo archivo y escribir
otra cosa, todo en lo que podía pensar era en el cuento. En eso y en el sueño.
Era todo lo que ocupaba su mente.
Tenía que tener un significado, no podía ser algo
simplemente al azar. Había pensado muchas veces que la sombra quizás
representara la muerte aproximándose, pero esa idea no la convencía del todo.
Era otra sensación; de hecho, era algo que había sentido varias veces, pero no
lograba descifrar qué. ¿Era amor? Tal vez. Pero más bien parecía nostalgia.
¿Pero de qué? Ese parecía ser el punto clave. Siempre que intentaba encontrar
el significado de la sombra, terminaba en la misma pregunta. ¿Nostalgia de qué?
Del hogar tal vez, de su familia, de su madre. De su
lugar. Pero era algo más. Sentía que
estaba cada vez más cerca de averiguarlo. Pensó en los últimos meses: el
funeral, la mudanza, los kilómetros. Aún así, no había podido poner distancia;
y tal vez eso era la sombra que la rondaba. Quería volver al pasado, de eso
estaba segura, pero sabía que eso era imposible.
De pronto, la certeza la invadió como si siempre lo hubiese
sabido. Al igual que la sombra de su sueño se convertía en un resplandor, el
dolor en su interior se convertía en calor. La nostalgia quedaba, eso seguro,
pero elegía enfrentarse al cambio, y no dejarse vencer por él. Atesoraba el
pasado, pero abrazaba su futuro. El de ambos. Sintió la llave girando
lentamente en la cerradura, sonrió y comenzó a escribir.
El bloqueo se había ido.